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Desdelabiblio (Blog de la biblioteca del IES Lázaro Carreter)

Fallo del concurso, categoría 3, parte 2

Fallo del concurso, categoría 3, parte 2

Continúa la segunda parte del cuento creado por El hombre del traje gris, titulado Cuento de Navidad.

Decido hacerlo. Mientras paso junto a ella, observo fugazmente que no lleva nada de abrigo además del vestido, ni una chaqueta, ni una bufanda, nada. Hace bastante frío para estar así, pero decido no decir nada. Lo mejor en estos casos es echarlo todo y luego intentar recuperar la normalidad. Estará disgustada por algo, nos pasa a todos. Si trato de hablar ahora con ella, me mandará a paseo.

 Entro en casa suspirando aliviado y me acerco a la cocina ansioso del deseado café. Comienzo a prepararlo mientras enciendo la mini cadena del salón. Abro el microondas y pienso en la mujer del rellano. No puedo evitar sentirme inquieto.

 Miro el termómetro de la cocina y ésta señala tan solo nueve grados. Eso es mucho frío. Demasiado para estar en el suelo frío del rellano, por no hablar del airecillo que se cuela bajo la puerta y trepa por la parte baja de la espalda provocando un escalofrío letal. Además, el termostato marca nueve dentro de casa, fuera ya es otra historia.

 Me quedo parado unos instantes, dudando. Como siempre, en mi cabeza se barajan y descartan posibilidades a un ritmo vertiginosos, hasta que corto de raíz mi baile de pensamientos con un golpe certero sobre la encimera y decido intervenir.

 Dos minutos más tarde me veo abriendo la puerta de casa con dos tazas de café bien caliente y cremoso, nada que ver con los de mi trabajo, y una de mis sudaderas. Ella sigue allí, sentada en el rellano, llorando y tiritando.

 Mientras me acerco, me pregunto si tirita por el disgusto o por el frío. Rezo entre dientes con que sea por la segunda opción, pues tengo el remedio encima, y no por la primera, que a saber…

 -Hola, ¿qué tal? – le pregunto tímidamente. – No quiero importunarte, ni mucho menos. Es que al pasar antes, te he visto sólo con ese vestido y me he dicho: “Jolín, qué frío debe de tener la pobre mujer.” Y claro, no hay mejor remedio para el frío que un buen café calentito, ¿eh? Te lo digo yo que yo lo sé de sobra. – Comienzo a ponerme nervioso a una velocidad alarmante. Noto que me tiembla la voz y se me entrecortan las palabras, aún no desisto. – En el lugar donde yo trabajo ponen un café horrible, pero horrible de verdad. No veo el momento en el que acabe el día y vuelva a casa a por uno de éstos. Toma, pruébalo. – Le ofrezco la taza con una sonrisa.

 Ella permanece sentada, mirándome. No dice nada. Y eso hace que yo empiece a perder la compostura. Es hermosa, el pelo le cae sobre los hombros, y es oscuro, tanto como sus ojos. Su nariz es bonita y redonda y sus labios son rojos y gruesos. De esos que dicen a gritos que puedes fiarte de ellos. Pero no es eso lo que me conmueve, soy yo. Me siento ridículo mirándola.

 - Por favor – insisto.- No he parado de pensar en el frío que debes de estar pasando desde que te he visto y no pararé de pensarlo hasta que te bebas esto y te pongas esto otro. – Alzo el brazo para enseñarle mi sudadera. – Quédate con la taza si quieres, cógela y me iré y no volverás a verme, te lo prometo.

 -No prometas sin saber qué es lo que prometes.

 -¿Cómo?

 - Soy tu vecina. Me ves a diario, aunque mejor sería decir te veo yo a diario. ¿Cómo puedes prometer una cosa que luego no vas a cumplir? ¿Recurrir a las promesas con tanta facilidad, para luego incumplirlas? ¿No te da vergüenza? ¿Tantas ganas tienes que me tome tu café? ¿Podrás contárselo mañana a tus amigos?

 "¡Será impertinente! Debo sacarla por lo menos diez años. Qué menos que un “gracias, pero estoy bien”, maldita sea.”

 Decido no perder la paciencia, y mantengo firme mi sonrisa. Hago como que no he oído eso último que ha dicho y me quedo mirándola pacientemente hasta que ella decida hablar.

 - ¿Qué te pasa? ¿Se te ha roto el árbol de Navidad y tienes que venir a entretenerte conmigo?

 - No tengo árbol de Navidad. No creo en esa fiesta.

 - Entonces, ¿qué haces aquí con esa taza en la mano, mirándome, si no es para cumplir tu buena acción anual y sentirte bien?

 - No lo he hecho por eso. ¿Sabes? Está bien, coge la taza y yo me iré a observar otra cosa en la que crea, pero cógela, por favor.

 - ¿Por qué no crees en la Navidad?

 - Porque no tiene sentido celebrar nada si no tienes con quién celebrarlo. Ni siquiera un simple cumpleaños. Pero no es que sea así de monstruo siempre. Hasta hace unos seis meses sí que tenía alguien con quien celebrar y compartir estas fiestas. Y era el que más creía en esto. No paraba de cantar villancicos y pasearme por casa con galletas y el gorro rojo de Papá Noel. Ero desde que se fue…

 Me quedo en silencio y dejo que ella se imagina el resto. Agacha la cabeza un momento y no dice nada.

 - ¿Sabes? – Dice levantando súbitamente la cabeza de entre las rodillas – yo también paso la Navidad sola, pero aún así creo en la Navidad. No soy tan huraña.

 - Huraña es la palabra perfecta para alguien que teniendo su casa a un metro decide venir a llorar aquí.

 Ella me fulmina con la mirada  y aprieta los dientes. Me doy cuenta en seguida de que me he pasado y me disculpo como puedo.

 - Lo siento. He sido grosero. Pero me cuesta creer que sigas creyendo en esto sin tener motivos. Si crees es porque hay algo, familia, amigos…

 - Soy huérfana.

 - …marido, novio…

 - Mi novio me dejó hace seis meses. Hoy es su cumpleaños. Le he enviado un e-mail felicitándole y me ha contestado diciéndome que le deje en paz, que no debería remover las cosas del pasado. Por eso estoy aquí, haciendo el imbécil. No quiero entrar porque sé que voy a ver el ordenador y… - hace un gesto con los dedos de la mano, cerrándolos a modo de garras.

 - A mí también me dejaron hace seis meses. Y te prometo que no es mentira. ¡Hoy es también  su cumpleaños! Yo no la he felicitado aún, pero pensaba hacerlo. – La ayudo a levantarse y le tiendo la sudadera. – Ahora sé que no debo, ¡si no quiero coger un buen resfriado!

 Ella sonríe tímidamente y acepta el café y la sudadera.

 - No te vuelvas a dejar romper de este modo. – la increpo, como echándole la bronca. – La próxima vez que te sientas así, con ganas de caer, llama a alguna amiga, y si no tienes, llámame a mí, por las tardes nunca hago nada y así me conoces. – Empiezo a soltar las palabras a trompicones. – Si no estoy en casa, llámame al móvil. Ten.

 Le tiendo una de mis tarjetas con mi teléfono. Hechas expresamente para las clases particulares que suelo repartir por el instituto en vísperas de vacaciones.

 - De acuerdo – me dice pasando a su casa. - ¿Sabes? Me duele porque me costó mucho conquistarle, estuve casi un año detrás de él tirándole fichas. Al fin conseguí que aceptara darme una oportunidad, pero creo que ya era porque le debí dar pena. El roce hizo el cariño, supongo. Aunque sólo fuera por unos meses, luego me dejo.

 - Tiene gracia, ¿eh? Tantos meses para conseguirlo, tantos meses felices con él, y tantos meses para olvidarle. – Hace una breve pausa alzando la cabeza, pensativa. – Tanto tiempo perdido por él, y ahora en dos minutos conozco por fin mi vecino taciturno y resulta que tiene un millón de cosas en común conmigo y que encima es atento… y guapo. Parece un cuento de estos de amor cursis y malísimos. ¿Verdad?

 - Si, supongo que sí.

 Ella se ríe con ganas y se mete dentro de su casa.

 - Bueno, gracias por la taza. Mañana te la devuelvo, ¿eh? Adiós y gracias.

 Y tras decir eso, cierra la puerta tras de sí. Segundos después, oigo que pone la música a todo volumen.

 Entro en casa pensando en lo estúpido que soy yo, y en lo estúpida que es la vida, por concederme momentos como el de ahora mismo, irreales, surrealistas, inverosímiles… pero bonitos, divertidos y esperanzadores.

 Horas después, sentado en el sillón, metido en mi pijama y tapado con mi manta preferida. Me bebo el café a pequeños sorbos y disfruto de él. Mientras, suena una melodía alegre en la radio.

 Oigo que mi móvil suena, es un mensaje. Inquieto, lo abro a toda velocidad, hacía tanto tiempo que mi teléfono no sonaba…

 Estoy a punto de quedarme dormida frente a mi precioso árbol. Es tan bonito… tú, que no te lo pones, no sabes lo que te pierdes. También estoy abrazada a tu sudadera. Espero que no te importe, pero me la voy a quedar. ¡Huele genial! ¿Por qué no te pasas mañana y vemos una película? Un beso, Míster Café. Feliz Navidad.”

 Cierro la tapa del móvil con una sonrisa, alzo la taza al aire y hago como que brindo con alguien que no está aquí. Me sonrío.  Y por primera vez en mucho tiempo, me sonrío de verdad.

 Tomo una de las galletas de la bolsa y la cierro. Me levanto y la dejo bajo un pequeño árbol en un rincón de mi salón, un árbol iluminado con luces de colores y guirnaldas, un árbol de Navidad.

 Sacudo un gorro rojo y puntiagudo, acabado en una bola blanca de lana, y me lo pongo sobra la cabeza, sonriente.

 “Feliz Navidad para ti también.”

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