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Desdelabiblio (Blog de la biblioteca del IES Lázaro Carreter)

Fallo del concurso, categoría 3, parte 1

Fallo del concurso, categoría 3, parte 1

Dentro la categoría 3, el ganador ha sido el concursante con el seudónimo El Hombre el traje gris. El cuento lleva por título Cuento de Navidad.

Me despierta el dolor de cabeza. Me escuecen los ojos y tengo los dedos de los pies entumecidos. Me viene a la cabeza el recuerdo de mi madre, arropándome antes de dormir, y preguntándome si me había puesto los calcetines.

"Si no te los pones, mañana se te caerán los deditos cuando te despiertes", me decía con una ligera sonrisa. Luego me daba un beso y me dejaba la lucecita naranja de siempre encendida, para que no tuviera miedo por la noche.

El naranja siempre ha sido mi color preferido.

Miro el despertador y éste marca las 5.48. Doce minutos más tarde comenzará a sonar ese atronador sonido que lleva escondido dentro, en alguna parte, y que se encarga de despertarme los días en los que, a diferencia de hoy, tengo un sueño que a veces llega incluso a preocuparme.

Me incorporo lentamente mientras el frío se apodera de mí. Mientras lo hago, barajo a toda velocidad los pros y los contras de quedarme dormido y "que venga lo que tenga que venir."

Ganan los contras de goleada.

Abandono el calor de la cama y abro la ventana de la habitación mientras suelto una colección interminable de blasfemia. Cojo la ropa del galán que había preparado cuidadosamente la noche anterior y la llevo al cuarto de baño. Regreso a la habitación y hago la cama casi sin darme cuenta de lo que estoy haciendo. Me lavo los dientes a toda prisa. Es entonces cuando el dichoso despertador empieza a sonar. Me lo esperaba y aún así, doy un respingo. Corro a toda prisa hacia él, y emulando una especie de estocada final, doy un salto aplastando mi mano contra el interruptor al caer, que del frío me duele más.

Me quedo mirando el reloj, inerte y como sin vida después de mi embestida, y me siento estúpido. "Señala la misma hora de todos los días. ¿Por qué sería tan idiota de comprarme un despertador tan feo?"

Se hace un silencio de pocos segundos, conmigo de pie mirando fijamente al odiado despertador. Un silencio que se rompe de golpe, con el sonido de la radio al empezar a sonar.

Me sonrío, mientras oigo la pegadiza melodía de la cabezera de las noticias. Ahora recuerdo porqué compré ese despertador. También lleva radio.

Lo recojo de la mesilla del dormitorio y me la llevo debajo del brazo hacia la ducha. Un hombre con voz serena y varonil está hablando con un léxico increíblemente enriquecido y a una velocidad relativamente rápida, lo que me dice que es prácticamente imposible que esté leyendo o que lo tenga preparado. Zanjo la duda con un "nunca lo sabré, es una de las maravillas de la radio."

El locutor continúa haciendo su trabajo a la perfección. Explica de manera concisa y sin rodeos los principales acontecimientos del día. Habla del tiempo, de la economía, de los deportes... Y continúa así durante la media hora que paso bajo el agua caliente de la ducha.

Una vez vestido, vuelvo a coger la radio y me la llevo conmigo a la cocina. Mientras preparo lo que será una enorme tostada, oigo que la voz varonil de antes se despide cordialmente y deja paso a otra voz, ésta vez de una mujer mucho más joven. Una voz alegre, risueña. Trato de imaginarla a través de su voz. Mientras caigo en otra de las maravillas de la radio.

"¿Se parecerá a ti?"

"Buenos días a todos desde el estudio central. Son las siete y diez de la mañana de este miércoles. La temperatura en el centro de la capital ronda los cinco grados bajo cero. Las previsiones para hoy, ocho de diciembre de dos mil diez, son de doce grados de máxima en el centro de la ciudad y seis bajo cero de mínima en torno a..."

Siento un escalofrío interminable. La gran tostada que estaba untando de mantequilla se me resbala de las manos y va a parar al fregadero. Me quedo mirando el pedazo de pan que se ha desprendido con el golpe y ha ido a parar a la encimera y al pedazo de mantequilla pegada al cuchillo.

Los miro atentamente, con los ojos como platos, pero en realidad es otra imagen la que estoy viendo.

"¿Ha dicho ocho de diciembre?, entonces hoy es..."

Dejo el cuchillo sobre la mesa y vuelvo corriendo a mi habitación. Abro los cajones de mi escritorio como un loco y rebusco entre los papeles de dentro. Por fin, bajo una carpeta azul, encuentro lo que busco: una agenda.

No es una agenda normal. "Es la agenda que me regalaste por mi cumpleaños."

Una agenda pequeña y elegante, hecha de cuero y con papel reciclado. En la esquina superior derecha hay un ligero resorte que sirve para desenganchar el montón de hojitas y colocar otras nuevas. Y en el reverso, hay un borrado: "Así, como hasta hoy y para siempre."

Paso las hojas bruscamente y me detengo en el día ocho de diciembre. Entonces, escrito con letra pequeña, sencilla, de trazo redondeado y recto, veo que pone:

"¿Quién cumple años este día? Seguro que ya lo sabes. Yo. Seguro que llevas todo el año acordándote. Es normal, soy tan guay. ¡No olvides comprarme un regalo! Como se te olvide...P.D: No intentes hacerme el mejor regalo del mundo, porque ese ya me lo hiciste. Eres tú. Te quiero."

Cierro la agenda de un golpe seco y la dejo caer sobre la mesa. Siento una punzada de dolor dentro de mí. Es un dolor ya común, aunque difícil de digerir. Es el dolor que sientes cuando recuerdas a un familiar fallecido, el dolor que produce el que no te amen a ti sino a otra persona, el dolor que suele aparecer cuando dejas de vivir bajo el escudo de la ignorancia. Un dolor muy diferente a todos los demás.

Me agarro el pecho con fuerza mientras me siento lentamente en la silla del escritorio. "¿Es normal este dolor? ¿Será posible? ¿Qué sustancia liberará el cerebro para que te sientas así?"

Mientras remite, recuerdo las dos últimas veces que lo sufrí.

La primera fue de camino al trabajo. Iba distraído viendo los coches y las matrículas que llevaban. Fue entonces cuando te vi, subida al autobús. Tú también me viste y, sonriendo, me saludaste con la mano. Yo te devolví el saludo como un completo idiota mientras sentía aquella punzada interminable. Sí, lo recuerdo perfectamente.

La segunda vez que lo sentí fue cuando mi madre, borracha, golpeando la habitación con un paraguas, destrozándolo todo bajo la incrédula mirada de mi padre, que la gritaba y trataba de contenerla.

Sacudo la cabeza mientras me levanto de la silla súbitamente. Me siento como una botella de cristal que se estrella contra la pared y se destroza en cientos de pedazos.

Regreso a la cocina y termino de desayunar en silencio.

Suena la alarma del reloj de mi muñeca. Es la hora de irse. Normalmente tengo pocas ganas de salir a la calle, de relacionarme con los demás. Sin embargo, durante el mes de diciembre es distinto. Algo cambia. Es Navidad.

Durante la Navidad, las personas pasan a ser realmente personas. Por eso la admiro. Basta estar bajo esa especie de hechizo invisible y que las diferencias no existan, desaparezcan.

Observo cómo el dueño del kiosko de enfrente reparte la ilusión de la lotería. Como los jubilados premian a los niños con caramelos de camino al colegio, y cómo las madres de éstos se fían de ellos, o cómo en cualquier sitio la gente se felicita las fiestas con una enorme sonrisa. Se celebran comidas de trabajo, regalos del amigo invisible, karaokes de villancicos...

Me gusta la Navidad, pero no creo en ella.

Si todo esto fuera verdad, le gente sería así siempre, y no sólo porque sea fiesta. ¿Que´gracia tiene ser ahora generoso? Si todo fuera verdad, todos tendrían algo que celebrar, el premio y el reconocimiento por su bondad. Si todo esto fuera verdad, ella estaría conmigo ahora. Y no me habría dejado de esa manera, como si fuera un monstruo. Si fuera verdad, me habría dado una explicación, y no habríaa desaparecido sin más. Si fuera verdad, aún tendríamos algún tipo de contacto, una relación de "amigos". Si todo esto fuera verdad, quedaría al menos una foto en la que saliésemos juntos.

"No seas idiota, después de todos sus reproches, ¿de veras pretendes que se tu amiga? Eso sería como pretender crecer dos metros y medio en un día."

Acabo echándole la culpa de todos mis problemas al viejo de Papá Noel mientras aparco el coche a dos calles de mi trabajo. Paso todo el trayecto caminando buscando una razón realmente convincente para felicitarla. Aún conservaba su e-mail del trabajo, así que llegar hasta ella no sería realmente un problema, pero... ¿qué podría pasar? Si después de medio año recibiese un e-mail suyo, ¿qué pensaría? ¿Sonaría como un "por favor, vuelve, estoy desesperado?"

El resto del día lo paso en el instituto donde trabajo. Apenas tengo ganas de hablar con nadie. Así que las horas que tengo libres las paso en el despacho de mi departamento, corrigiendo exámenes o preparando las clases para el día siguiente.

Durante el descanso mis compañeros están algo agitados. Se ríen y conservan sobre sus planes para las fiestas.

- Yo me voy con mis padres a su casa. Nos han invitado a mí y a mis hermanos a pasar las fiestas allí. Ya sabes, cenita familiar, regalos, juegos de mesa... ¡qué ganas! - decía uno de ellos mientras se atiborraba a donuts, realmente entusiasmado.

Pongo una cara de auténtico estupor al ver la velocidad a la que engulle los donuts. Sigo mirando mi café aguado, tratando de borrar esa imagen de mi memoria. Con el rabillo del ojo veo que la profesora de Historia, mi compañera de departamento, con la que apenas he charlado en contadas ocasiones, se levanta de su sitio y se acerca a mí. Se detiene ante la mesa donde estoy sentado y espera a que sea yo el que hable.

"Oh, no. Problemas."

- Hola - consigo decirle algo asustado.

- ¡Hola! Te he visto la cara y no he podido evitarlo - me dice con una enorme sonrisa. Sin embargo, algo me dice que no debería fiarme. - Tranquilo, no todos vamos a hacer unos planes tan muermos como los de nuestro amigo - dice señalando con la barbilla al monstruo de los donuts. - Yo había pensado ir a la fiesta que celebran en el hotel de aquí enfrente. Ya tengo el vestido y todo. Podrías venir tú también, ¿te apuntas? - me pregunta mientras me mira enarcando una ceja, como si estuviese segura de que haciendo eso yo iba a aceptar.

- No, lo siento. Tengo trabajo.

- ¿En Navidad? ¿Dónde? - me pregunta inquieta.

Veo en sus ojos un interés que sólo tienen las personas a las que la moral les importa bien poco y que si cometes el error de caer en sus redes tardarán décimas de segundo en venderte.

- En una academia, cerca de mi casa - miento sobre la marcha, sereno, rápido e implacable. Sin embargo, ella no parece tragárselo demasiado.

- Clases de refuerzo, ¿en Navidad? ¿De dónde has sacado esa excusa tan patética? - me replica riéndose, mofándose triunfal tras haberme descubierto.

No tengo más remedio que rendirme ante ella.

- Tienes razón, te he mentido. Debería haberte dicho la verdad desde el principio. No quiero ir a ninguna fiesta, tus planes me parecen igual de patéticos que los suyos - señalo al hombre de los donuts con la barbilla, imitándola de un modo sarcástico, desagradable. - Así que haz el favor de no preguntarme más y obligarme a mentirte para parecer educado contigo. Me parece casi igual de estúpido que invitar a una fiesta a alguien que apenas conoces de nada. - Le digo casi sin pararme a pensar en lo que le estoy diciendo.

Ella parpadea fuertemente y menea el cuello con un movimiento raro, que supongo que será de indignación. Levanta la mano derecha a la altura de su cabeza y agita el dorso, como expulsando algo. Se da la vuelta y sale de la cafetería.

Cierro los ojos y aprieto los puños, frunciendo el ceño con fuerza. "Seré estúpido", me digo mentalmente. "Apuesto lo que sea a que el tipo de los donuts se lo merecía más que ella."

Me quedo un largo rato culpándome por mi mal comportamiento hasta que suena el timbre que indica el regreso a las clases.

El resto del día pasa lento, aburrido... y gélido.

A la salida del trabajo entro en el coche soplándome los dedos de las manos, que poco a poco recuperan el color y también la sensibilidad. Conduzco alegre y despacio de camino a casa. Disfruto del paisaje, del calor, de los hombres con sus mujeres y niños de compras en los centros comerciales, de los árboles y rotondas llenas de nieve. Es precioso.

Ya en el edificio donde vivo, abro las puertas del ascensor, deseoso de entrar en casa y hacer trabajar a mi sillón, mientras me tomo un café y me leo un buen libro. Estoy a punto de echar a correr por el rellano hacia mi puerta sólo de imaginarlo cuando, de pronto, me paro en seco atónito, en uan mezcla de sorpresa y embarazo.

Allí, enfrente de mí, sentada en el suelo, hay una mujer. Lleva un vestido colorido y sencillo. Está abrazando sus rodillas, con la barbilla apoyada en ellas y los ojos rojos y llorosos. De pronto, me mira y observo que son enormes y oscuros, pero está tan disgustada que apenas hace esfuerzo pra disimular normalidad al verse descubierta. Vuelve a apoyar la cabeza en las rodillas y espera pacientemente a que yo pase deprise y la deje en paz.

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